Todo lo que cabe en el barro: por qué la cerámica española fascina al mundo del diseño

En España llevamos al menos 7.500 años utilizando el barro para casi todo: beber agua, conservar aceite, cocinar un guiso, cubrir una fachada, impresionar a un rey y decorar esa repisa donde ya no cabe nada más. Por eso resulta tan difícil hablar de una sola cerámica española. En realidad, existen muchas: austeras o recargadas, domésticas o palaciegas, modeladas en negro, pintadas de azul, cubiertas de esmalte blanco o iluminadas por reflejos que parecen de oro.
Esta guía recorre la cerámica española desde sus formas más humildes hasta sus expresiones más sofisticadas: los grandes centros alfareros y sus marcas históricas, las técnicas que viajaron entre culturas, las manufacturas que dieron el salto a la industria y los artistas que llevaron el barro del taller al museo.
La alfarería almeriense de Baldo García, que destaca por las formas abruptas y sus coloridos esmaltes.
Cerámica y alfarería: parecidas, pero no iguales
Conviene aclarar primero una pequeña cuestión material. La cerámica es el gran término que engloba cualquier objeto realizado con arcilla y endurecido en un horno mediante cocción: desde una cazuela de barro hasta una taza de gres, un azulejo, una escultura o una figura de porcelana.
La alfarería, en cambio, suele referirse al oficio tradicional de modelar, a mano o en el torno, recipientes destinados principalmente al uso cotidiano: cántaros, ollas, platos, tinajas, lebrillos o botijos. Una vez cocidas, las piezas pueden conservar la superficie natural de la arcilla o cubrirse con capas de color y acabados vidriados que las decoran, las impermeabilizan o ambas cosas. La alfarería no constituye, por tanto, un material distinto, sino una manera histórica de trabajar la cerámica.
La regla resulta sencilla: toda alfarería es cerámica, pero no toda cerámica es alfarería. La primera se ha ocupado durante siglos de conservar el agua, guardar el aceite y llevar el puchero caliente a la mesa. La segunda abarca además azulejos, porcelanas, piezas industriales, revestimientos arquitectónicos y obras de arte. La diferencia no está entre lo basto y lo fino, ni entre lo útil y lo artístico, sino entre un oficio concreto y una familia de materiales mucho más amplia.
Jarrones, boles y cuencos hechos con gres esmaltado. © Tom Crew
Una historia hecha de viajes e intercambios
La cerámica española tampoco nació aislada en un torno. Es el resultado de una larga sucesión de préstamos, invasiones, rutas comerciales y artesanos curiosos. A las tradiciones ibéricas y romanas se sumó, durante la Edad Media, la decisiva herencia de al-Ándalus, que introdujo nuevos esmaltes, colores y técnicas ornamentales como el reflejo metálico, la cuerda seca o la arista. El lenguaje mudéjar prolongó después esos saberes en los territorios cristianos. Más tarde llegaron las influencias italianas del Renacimiento, el gusto barroco, las manufacturas cortesanas de porcelana del siglo XVIII y, ya en el XIX, la producción industrial.
Cada territorio tomó esas influencias y las llevó a su terreno. Desde la Edad Media, Manises hizo brillar el barro como metal; a partir del Renacimiento, Talavera lo cubrió de escenas y colores; durante siglos, los talleres de Triana vistieron con azulejos fachadas, patios y palacios; y, ya en la época industrial, Sargadelos le dio una identidad moderna. La historia de la cerámica española es, en el fondo, la de muchas tradiciones capaces de compartir horno sin perder su acento.
Botijo zoomorfo y jarras de cerámica de Teruel, todas decoradas en verde y manganeso sobre fondo blanco. Los motivos geométricos, vegetales y animales muestran la vitalidad gráfica de esta tradición alfarera. © Nuel Puig
Cuáles son los principales tipos de cerámica española
Preguntar cuántos tipos de cerámica existen es parecido a preguntar cuántos tipos de cocina hay. Depende de si los clasificamos por ingredientes, técnicas, procedencia o uso. Podemos ordenar las piezas por la arcilla empleada, la temperatura del horno, su acabado, su función o el lugar donde fueron hechas. Por eso no existe una cifra definitiva, aunque sí cuatro grandes familias que ayudan a orientarse sin necesidad de ponerse la bata blanca.
Barro cocido y terracota
Es la cerámica más elemental y, quizá por eso, una de las más hermosas. La arcilla se modela, se cuece y conserva los tonos rojizos, ocres o pardos de la tierra. Puede quedar porosa, sin esmalte, como ocurre en muchos cántaros, macetas, botijos, cazuelas y tinajas. Es el barro todavía reconocible como barro: humilde, práctico y con una capacidad casi milagrosa para mantener el agua fresca o mejorar un guiso.
Jarrones contemporáneos de barro cocido creadas por Raúl Mouro con la técnica de la cerámica negra de Llamas de Mouro, en Asturias.
Loza
La loza es una cerámica porosa que se cubre habitualmente con un esmalte para impermeabilizarla y ofrecer una superficie sobre la que pintar. Ese fondo blanco permitió desplegar azules de cobalto, verdes, amarillos, manganesos y reflejos metálicos. Buena parte de la cerámica histórica de Manises, Talavera, Alcora o Triana pertenece a este mundo: platos, fuentes y azulejos que convirtieron los objetos cotidianos en pequeñas superficies para contar historias.
Los calcos de la loza de La Cartuja de Sevilla son icónicos, esta es la vajilla Negro Vistas interpretada en colores por Aaron Stewart.
Gres
El gres se cuece a temperaturas más altas, hasta obtener una pasta compacta, dura y poco porosa. Tiene algo de cerámica con armadura: resiste el agua, el uso diario y las formas contundentes. Su apariencia puede ser terrosa y sobria, aunque los esmaltes permiten resultados muy sofisticados. En España adquirió una dimensión especialmente artística durante el siglo XX de la mano de Josep Llorens Artigas y de otros ceramistas españoles contemporáneos (4) que hicieron de la forma, la materia y la experimentación con los esmaltes un lenguaje propio.
Jarrón de gres del ceramista Josep Llorens Artigas, de formas sencillas revestidas de una esmaltación virtuosa. © Josep Casanova
Porcelana
La porcelana es la aristócrata de la familia. Blanca, ligera, sonora y a menudo translúcida, se fabrica con una pasta rica en caolín y se cuece a temperaturas muy elevadas hasta vitrificar. Durante siglos, Europa intentó descifrar el secreto de las porcelanas chinas y, cuando lo consiguió a comienzos del siglo XVIII, reyes y nobles llenaron sus mesas y gabinetes con ellas.
Las figuritas de porcelana de Lladró cobraron nueva vida ya en el siglo XXI gracias al diseñador Jaime Hayon, con piezas como The Guest, aquí personalizado por Paul Smith.
A estas cuatro familias habría que añadir los azulejos, pavimentos, relieves y piezas arquitectónicas, que no constituyen necesariamente un material distinto, sino otra manera de utilizarlo. Porque la cerámica española puede caber en la mano, ocupar una mesa o terminar cubriendo un edificio entero.
También puede contemplarse en un palacio, descubrirse en el antiguo horno de una fábrica, comprarse directamente a un artesano o aprenderse en una escuela. Nuestra ruta por los museos de cerámica en España, galerías, tiendas y centros de formación permite seguir ese barro más allá de los libros.

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