Miquel Navarro, adiós al escultor que convirtió Mislata en un paisaje de ciudades

La muerte de Miquel Navarro a los 81 años ha dejado un hueco profundo en el arte contemporáneo español. El escultor y pintor valenciano falleció en su casa de Mislata tras una enfermedad prolongada, acompañado por su pareja, Rafa Marí, y por un entorno cercano que le acompañó durante sus últimos años de trabajo y reconocimiento.
El artista nacido en Mislata, Valencia, en 1945, deja una obra difícil de encasillar en una sola etiqueta. Su nombre quedó ligado a la renovación del lenguaje escultórico de finales del siglo XX, a las ciudades imaginarias construidas con piezas menudas y a una idea muy personal de la relación entre el cuerpo, la arquitectura y el paisaje urbano.
Una vida ligada al barro y a Mislata

Nacido en Mislata, Valencia, en 1945, Miquel Navarro creció en un entorno marcado por la huerta, las acequias, los talleres y las fábricas del área metropolitana de Valencia. Aquella mezcla entre lo agrícola y lo industrial acabaría pesando mucho en su manera de entender la escultura, hasta el punto de convertirse en una de sus señas de identidad más reconocibles.
Su formación pasó por la Escuela Superior de Bellas Artes de San Carlos de Valencia. Empezó vinculado a la pintura y al dibujo, y con el tiempo fue incorporando la cerámica y otros materiales hasta que, a comienzos de los setenta, decidió centrar su camino en la escultura. En 1972 presentó su primera individual en la Galería Tassili de Oviedo, un paso que marcaría el inicio de una carrera muy extensa.
La relación con su localidad natal nunca fue un detalle menor. Vivió y trabajó en Mislata, y allí mantuvo su taller durante décadas. Esa cercanía con la tierra que le vio crecer no le impidió proyectarse internacionalmente, pero sí dio a su trabajo una raíz concreta, reconocible y muy pegada a la memoria del lugar.
El nacimiento de las ciudades escultóricas

Desde 1973, el artista empezó a desarrollar sus conocidas ciudades, un conjunto de instalaciones formadas por numerosas piezas pequeñas que, vistas en conjunto, parecían tramas urbanas, barrios, torres, chimeneas y construcciones de todo tipo. No eran maquetas al uso, sino una forma de pensar la ciudad desde la escultura.
En aquellas composiciones utilizó barro, hierro, zinc, aluminio, terracota, vidrio, piedra, yeso o madera, combinando materiales humildes con otros más duros y resistentes. Esa mezcla le permitía hablar de lo rural y lo industrial, del orden y del caos, de la pequeñez de las piezas frente a la amplitud de una ciudad imaginada.
Con el tiempo, sus ciudades se convirtieron en un territorio simbólico donde aparecían el cuerpo humano, el poder, el deseo y la memoria. La ciudad era para él una especie de organismo vivo, con sus arterias, sus refugios y sus grietas, y esa idea recorrió buena parte de una producción que nunca dejó de mirar hacia el espacio público.
Del taller a la escultura pública

El reconocimiento exterior llegó con fuerza a partir de los ochenta. Su participación en la muestra New Images from Spain en el Guggenheim de Nueva York en 1980 le abrió puertas en el circuito internacional y puso su trabajo en el mapa de una generación que estaba renovando la escultura española.
En los ochenta también dio el salto a las piezas monumentales. En Valencia dejó una de sus intervenciones más populares, la fuente de 23 metros conocida como La Pantera Rosa, inaugurada en 1984, y más tarde llegaría El Parotet, otra de esas obras que terminan formando parte del paisaje cotidiano de la ciudad.
Su huella en el espacio público no se limitó a Valencia. También realizó Minerva paranoica, presentada en el Palacio de Cristal de Madrid en 1989, y desarrolló una importante labor de escultura pública que acercó su lenguaje a plazas, avenidas y equipamientos de distintas ciudades. Su obra dejó de estar solo en museos y salas para mezclarse con la vida diaria.
Premios, museos y reconocimiento internacional

Entre los galardones que jalonaron su carrera figuran el Premio Nacional de Artes Plásticas en 1986 y el Premio Internacional Julio González en 2008. No fue un reconocimiento aislado, sino la confirmación de una trayectoria sostenida durante décadas y respaldada por críticos, museos y público.
Fue elegido académico de número de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 2008, y su obra pasó a formar parte de colecciones de primer nivel. Su presencia en instituciones como el Guggenheim de Nueva York y Bilbao, el Museo Reina Sofía, el Pompidou o el IVAM confirma la dimensión que alcanzó su trabajo.
Su trabajo también contribuyó a que la escultura valenciana tuviera una presencia estable en el relato artístico español. Las ciudades, los tótems y las figuras de gran formato convivieron en su producción con dibujos, fotografías y cuadernos de artista, mostrando una obra diversa que nunca se cerró a un único lenguaje.
La Casa-Taller y la Fundación

En 2020 constituyó la Fundación Miquel Navarro, una entidad pensada para preservar su legado y acercar su trabajo a la sociedad. Ese proyecto encontró su sede en la Casa-Taller de Mislata, un espacio que el artista conocía bien porque había sido su lugar de trabajo durante años.
El antiguo almacén de productos de droguería, situado en el barrio de la Morería y adquirido en los años ochenta, se transformó en un espacio expositivo abierto al público. La Casa-Taller reúne más de 400 obras donadas por el escultor, entre esculturas, fotografías, pinturas, dibujos, collages, carteles y material audiovisual.
El propio Navarro explicó que quería ver su producción reunida, sin que quedara dispersa o perdida en manos privadas, y poder ofrecer una lectura coherente de su trayectoria. Esa idea de museo vivo y de legado compartido está en el origen de un espacio que se inauguró el pasado mes de junio tras años de trabajo y trámites.
Reacciones institucionales y despedida

El Ayuntamiento de Mislata decretó tres días de luto oficial por la muerte del artista y expresó su pesar por la pérdida de una figura que consideraba esencial para la historia cultural de la localidad. La corporación subrayó que su nombre queda unido para siempre al municipio que le vio nacer.
La institución local destacó su papel clave en la cultura valenciana y la importancia de la Casa-Taller como espacio de conservación y difusión. También se habilitó en ese mismo lugar un entorno para que vecinos, amistades y personas cercanas pudieran despedirse del escultor y mostrar sus condolencias.
La despedida pública se suma al reconocimiento que ya tenía en vida y refuerza la idea de que su legado no se limita a las piezas expuestas. Mislata, Valencia y el arte español pierden a un creador que supo llevar un imaginario muy local a museos y espacios públicos de todo el mundo sin renunciar a sus raíces.
La huella de Miquel Navarro queda repartida entre sus ciudades minuciosas, las esculturas que ya forman parte del paisaje urbano, los fondos de grandes museos y la Casa-Taller que él mismo impulsó. Su nombre seguirá asociado a Mislata y a una manera muy personal de entender la escultura, con la ciudad como cuerpo, como memoria y como territorio compartido.

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