Mi primer mural tuvo una vida efímera. Concretamente, dos meses. Lo pintamos en agosto, en la azotea de un edificio de la calle Jesús del Gran Poder, en Sevilla, el primer verano que sufrimos allí después de mudarnos desde Bilbao. No había piscina ni playa. En definitiva, no había nada de lo que uno espera de un verano cuando tiene nueve años y el calor supera los cuarenta grados antes del mediodía. Un vecino caritativo nos proveyó de una piscina hinchable y pensamos que no había mejor manera de inaugurarla que con un mural. Con acuarelas escribimos HOLA VERANO en la pared de ladrillo, con flores temblorosas alrededor. La temperatura de la piscina casi igualaba el bochorno exterior, pero nos daba igual. Cuando llegaron las primeras lluvias de otoño, las letras se fueron diluyendo hasta desaparecer. Supongo que eso también formaba parte de la lógica del género. Los murales, al menos los nuestros, eran estacionales.
Pienso en aquella pared cada vez que entro en un espacio donde alguien ha asumido que pintar los muros no es decorativo ni accesorio sino estructuralmente necesario. La decisión de intervenir una superficie que ya existe es siempre una declaración de intenciones, aunque la intención sea solo pasárselo bien.
La manía de pintar las paredes
En Roma el manifiesto tiene veinticinco siglos de antigüedad. De hecho, toda la ciudad es un mosaico de paredes a las que alguien, en algún siglo, decidió añadirle algo.
El jardín pintado que decoraba el triclinio subterráneo de la villa de Livia, hoy reconstruido en el Palazzo Massimo, sustituía al jardín real. Villa Farnesina guarda en su planta baja los frescos de Raffaello, el Palazzo Barberini los de Pietro da Cortona. En 1957 Jean Cocteau cubrió la capilla Saint-Pierre de Villefranche-sur-Mer con escenas de la vida mediterránea y episodios de san Pedro.
Konstantin Kakanias pensó algo parecido cuando Louboutin le encargó intervenir la suite del Vermelho, el hotel que el diseñador de zapatos construyó en Melides, en el Alentejo portugués. Kakanias pobló las paredes con murales de pastel claro y temática marina: figuras que mezclan mitología y humor privado, y un ángel que calza unos Louboutins de caña alta. La fachada del Vermelho la esculpió a mano, en cerámica, el italiano Giuseppe Ducrot. Es una firma que volveremos a encontrar más adelante, en otra ciudad y bajo otro nombre de hotel.
La escalera de Casa Monti, con el mural de Florence Bamberger y la moqueta de Frey. © Abraham Mendéndez.
Las ánforas de Filadelfio Todaro y un busto de escayola de Marina Mankarios. © Abraham Mendéndez.
Via Panisperna, los neutrones y Casa Monti
En el número 89A de Via Panisperna, en 1934, Enrico Fermi y su grupo de jóvenes físicos realizaron sus experimentos con neutrones. En la misma calle, en el 210/212, un Fiat 500 amarillo señala ahora la entrada de Casa Monti.
Casa Monti abrió en junio de 2024 y lo gestiona el grupo francés Leitmotiv. Son treinta y seis habitaciones repartidas en un edificio del siglo XVIII de fachada protegida, en el corazón del rione Monti. La interiorista parisina Laura Gonzalez eligió una cuidada paleta que incluye azafrán, terracota, verde botella y toda mezcla de colores inimaginable. En la escalera, que sube como un pequeño escenario, un mural de Florence Bamberger retrata a emperadores y vestales con la frontalidad rígida de las estelas del Nilo. Roma vista a través de Egipto, una mezcla que tarda un segundo en recolocarse en la cabeza. En las consolas del lobby, las ánforas contemporáneas de Filadelfio Todaro, que sigue produciendo en Caltagirone con técnicas sicilianas, y en las esquinas, bustos de escayola grecorromanos de Marina Mankarios, que reparte el año entre París y El Cairo.
El micromosaico del gorrión sobre una de las bañeras. © Abraham Mendéndez.
La señalética de habitación, sobre el papel pintado de figuras clásicas. © Abraham Mendéndez.
Un hotel que se descubre detalle a detalle
Encima de cada bañera, un micromosaico de un gorrión a punto de echar a volar. Y arriba del todo, al fondo del bar de la azotea, una escena campestre que ocupa el muro entero detrás de la barra: montañas azuladas, árboles de copa redonda, un par de figuras agachadas junto a un río, dos ciervos a la derecha, golondrinas. Pieza a pieza, tesela a tesela. Pensé otra vez en la Domus Aurea, en lo que nos habían contado dos días antes sobre aquellos techos antiguos trabajados al revés, colocados boca abajo y a ciegas, confiando en que el dibujo apareciera correcto siglos después, visto desde el suelo.
De nuevo, Pierre Frey, terciopelos rayados, estampados botánicos, linos de motivos geométricos. La butaca Monti es diseño propio de Gonzalez, igual que las pantallas escultóricas de las lámparas. En las habitaciones cuelgan dibujos romanos de Maëlys Pommaret e ilustraciones de Elena Rucli.
El bar de la azotea, con el mosaico campestre detrás de la barra. © Jerôme Galland.
La chimenea de cerámica de Giuseppe Ducrot a la entrada del restaurante. © Abraham Mendéndez.
A la entrada del restaurante, entre mesas de madera y sillas de ratán, una chimenea de cerámica en tonos azules y verdes. Es la firma que ya habíamos visto en el Vermelho: Giuseppe Ducrot, otra vez, esta vez en Roma. El comedor se abre a una terraza sobre Via Cimarra, con un patio antes de llegar y, arriba, el bar de azotea. La cocina trabaja la pasta casera y el pecorino, fettuccine al ragú de pato o una parmigiana de berenjena que cambia de acompañamiento según lo que el mercado deje esa semana, espárragos, puntarelle o flores de calabacín.
El spa ocupa la quinta planta y lo firma Susanne Kaufmann, con productos de base alpina formulados para la casa y tratamientos realizados por Valentina. Está montado como unas termas, con el jacuzzi revestido de mármol amarillo y una terraza asomada a los tejados.
La sala de tratamientos de Susanne Kaufmann. © Jerôme Galland.
El jacuzzi del spa, revestido de mármol amarillo. © Jerôme Galland.
Una jarra de cerámica en una de las hornacinas del hotel. © Abraham Mendéndez.
Una suite convertida por unos meses en lienzo en blanco
La suite 203 empezó a ser otra cosa el 15 de abril de 2026, cuando Michael McGregor tomó posesión de los cuarenta y un metros cuadrados como artista residente. El artista nació en Los Ángeles, ha vivido en Ciudad de México, París, Londres y varias ciudades italianas, y ahora reside en Atenas. La historia que él mismo cuenta empieza en 2016, en un hotel mexicano: tenía un lápiz de color y el papel membretado de la habitación ya estaba ahí. Desde entonces ha llenado paredes con dibujos gestuales donde el impresionismo se cruza con el fauvismo, flores, copas, fragmentos de ciudad, el ángulo extraño que adquieren las cosas cuando uno lleva varios días en un cuarto que no es el suyo. Los reunió en Room Service, publicado con Paragon Books y Hashimoto Contemporary. En la habitación hay cerámicas, tapizados con sus patrones y un juego de backgammon en una bolsa con sus motivos.
En Casa Monti esa lógica se ha extendido hasta cubrir la habitación entera. Los paneles de pared nacieron de visitas al Centrale Montemartini, Villa Medici y el Palazzo Venezia. De las excursiones por la ciudad nació Roma Amor, una colección de dibujos en edición limitada que el hotel ofrece solo a los huéspedes de la suite.
Michael McGregor en la suite que ocupó como artista residente. © Ph Eller Studio.
Los murales de McGregor sobre las paredes de la suite 203. © Ph Eller Studio.
El barrio de Casa Monti
Mientras, el barrio sigue su ritmo. Por las tardes, cuando el calor afloja un poco, la gente baja a la piazza con el vaso de spritz en la mano y se sienta en los escalones de la fuente. En la calle hay talleres de restauración, trattorías y, a un par de manzanas, el mercato rionale de Via Baccina, una nave cubierta de los años treinta que pasó años casi vacía y que ahora empieza a llenarse otra vez, despacio, con algún puesto nuevo como el de pasta fresca que hace tortellini y tonnarelli a la vista. En el número 48, Le Tavernelle, trattoria abierta desde 1870 donde Fermi y sus ragazzi comían después de las sesiones en el laboratorio, donde Fellini tenía su silla reservada, y donde, según cuenta la propia casa, los ravioli alla zarina se sirvieron por primera vez en una cena con Juan Pablo II. El postre es un flan, se llama La Dolcevita.
La suite tiene fecha de caducidad: el 15 de octubre. Después vendrá otro artista con otra forma de habitar el mismo espacio. El hotel ha convertido esa rotación en argumento, Home of the Artist, reza en su web. Para una calle que fue laboratorio de Fermi y sus ragazzi, no es un eslogan especialmente desproporcionado.
La recepción de Casa Monti. © Abraham Mendéndez.
El bar de la planta baja. © Jerôme Galland.
La entrada Este hotel en Roma se mantiene fiel a la manía milenaria de pintar las paredes se publicó primero en MANERA Magazine.
