“Al llegar por primera vez, percibimos de inmediato una atmósfera casi irreal. Atravesar la vegetación densa y el muro de piedra que la protegían del exterior evocaba la sensación de adentrarse en un lugar suspendido en el tiempo, como el pueblo de Spectre en la película Big Fish de Tim Burton”, recuerdan desde el estudio F5 Proyectos y Arquitectura sobre este proyecto en Cadavedo, un pequeño pueblo de la costa occidental asturiana.
La casa nace como un regreso a las raíces de su propietario y como un refugio donde reconectar con una tierra que siempre sintió como propia. Cadavedo conserva intacta una identidad fronteriza difícil de encontrar. Su arquitectura, a medio camino entre Asturias y Galicia, refleja el carácter de un territorio donde los límites geográficos se diluyen con naturalidad. El Cantábrico se abre entre acantilados salvajes y la niebla envuelve montañas y bosques, filtrando la luz.
A vista de pájaro, se percibe cómo la curva de la casa acompaña el recorrido del territorio y se funde con la naturaleza.
El carácter que nació del obstáculo
La parcela, un claro rodeado de verde y delimitado por un antiguo muro de piedra, presentaba una dificultad importante. La normativa obligaba a retranquear la vivienda 25 metros respecto a la carretera en un terreno de apenas 37 de longitud, concentrando prácticamente toda la edificabilidad en una estrecha franja. Pero fue precisamente esta limitación la que acabó marcando la personalidad de la casa. “La arquitectura debía convertirse en una narrativa –explican los autores–. No queríamos un objeto inerte posado sobre el paisaje, sino un organismo vivo que dialogara con él”.
Esa idea se tradujo en una planta curva que acompaña el recorrido del territorio. Elevada ligeramente sobre pilares para minimizar su huella y albergar bajo su volumen un porche protegido para los días de lluvia, la casa parece deslizarse hacia el sur como un pez que asoma la mirada por encima de la vegetación, adaptándose al entorno en lugar de imponerse.
La estructura se eleva ligeramente sobre pilares para minimizar su huella y albergar bajo su volumen un porche protegido para los días de lluvia
Los materiales que sitúan la casa en su contexto
Por dentro, sus 86 m² se organizan con la misma fluidez: un salón con cocina integrada, dos dormitorios, dos baños y tres terrazas orientadas hacia distintos paisajes: el jardín, las montañas y el mar. En el corazón de la casa, una transparencia norte-sur conecta visualmente ambos extremos de la finca, haciendo que el interior funcione casi como un mirador atravesado por la naturaleza. En el dormitorio principal, el horizonte marino y la silueta de la ermita de la Regalina acompañan los amaneceres.
Buena parte de esa sensación de continuidad se debe también al trabajo desarrollado junto a Pepita de Oliva Studio, que se ocupó del interiorismo y el mobiliario. Desde el inicio, la tabiquería dejó de entenderse como un simple elemento divisor para convertirse casi en mobiliario. Los panelados de madera de castaño –una especie muy ligada a la tradición constructiva asturiana– recorren el interior integrando puertas y almacenaje en una única superficie. En el dormitorio principal, un volumen de madera organiza el paso entre el baño, el vestidor y la zona de descanso sin cerrar completamente el espacio ni interrumpir la entrada de luz.
Los panelados de madera de castaño recorren el interior integrando puertas y almacenaje.
En el dormitorio principal, un volumen de madera organiza el paso entre el baño, el vestidor y la zona de descanso.
La materialidad responde a una voluntad de arraigo. “Optamos por materiales que anclan la obra a su contexto: la madera, evocando el ensamblaje en seco de los hórreos tradicionales, y la pizarra del occidente asturiano, cuyas lajas se superponen como escamas hasta diluir su textura en el paisaje”. En contraste, la cocina aparece completamente revestida en negro, “trasladando al interior el tono de la estructura y la envolvente”.
Los textiles rehúyen cualquier exceso pero son fundamentales. Linos lavados, algodones pesados, fibras vegetales y ropa de cama blanca introducen una capa táctil que equilibra la sobriedad de la arquitectura, tan limpia, casi abstracta, hecha de superficies lisas, grandes planos acristalados y líneas muy definidas. “Sin esta estrategia sensorial, el espacio sería excesivamente frío o de catálogo”, señalan.
La cocina aparece completamente revestida en negro, “trasladando al interior el tono de la estructura y la envolvente”, explican desde el estudio.
La paleta se mantiene deliberadamente neutra –crudos, beiges, verdes apagados y grises suaves– para permitir que el verdadero color proceda del exterior. No hay estampados ni elementos decorativos superfluos; las cortinas sencillamente filtran la luz y los materiales parecen desaparecer para que toda la atención recaiga afuera. “La selección material en esta vivienda es muy contenida, casi silenciosa, pero tremendamente precisa. No busca protagonismo, sino reforzar la arquitectura”.
Tampoco hay obras de arte. De hecho, durante el proceso de diseño, el estudio llegó a plantearse incorporar una pieza escultórica de acero plegado que dialogara con la estructura de la vivienda. Finalmente renunciaron a ella. Comprendieron que la auténtica obra de arte ya estaba allí fuera, al otro lado de las ventanas. Así, los huecos se diseñaron como encuadres o marcos del paisaje; la arquitectura funciona como instrumento de contemplación.
La paleta se mantiene deliberadamente neutra –crudos, beiges, verdes apagados y grises suaves– para permitir que el verdadero color proceda del exterior.
Una obra de ingeniería inspirada por el origami
Sorprende comprobar que, tras esta poética de la sobriedad, subyace una alta ingeniería de precisión. La vivienda se ejecutó mediante NHouses, un sistema de construcción industrializada desarrollado por el propio estudio e inspirado en la lógica del origami. Una estructura portante de acero galvanizado de apenas 1,5 milímetros de espesor –formada por 150 piezas únicas cortadas por láser y ensambladas en seco como un gran puzle tridimensional– permitió reducir tiempos e impacto, minimizar residuos y garantizar la reciclabilidad del edificio sin renunciar a la libertad formal. Una demostración de que la industrialización y el diseño de autor no solo son compatibles, sino que pueden dar forma a una arquitectura profundamente ligada a la memoria del lugar.
Casa Big Fish en Cadavedo, Asturias
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