Era un castillo francés abandonado: ahora revive entre antigüedades, madera y un toque Bauhaus

En la región de Sologne, al sur de París, entre árboles centenarios descansa una finca señorial del siglo XIX con un castillo y varias dependencias a su alrededor. El verbo escogido es descansa y no se erige u otro similar porque nada denota autoridad ni deseo de relevancia en su presencia: la propiedad espera allí a ser encontrada con la confianza de quien se sabe arropada por el peso de los siglos. 
En su época de mayor esplendor fue escenario de cenas, de bailes, de escapadas de fin de semana al campo. No es casualidad que Jean Renoir eligiese esta región francesa próxima al valle del Loira para ambientar su película titulada Las reglas del juego en 1939. Sologne era el epicentro de la vida social aristocrática en Francia antes de las guerras mundiales. Era el corazón del protocolo, de la abundancia, de la diversión.

En el vestíbulo, el suelo en damero recrea el de la película Las reglas del juego (1939) de Jean Renoir. Oso de cerámica de Ule Ewelt, en L’Oeil de Ko, y, en la pared, obras de Philippe Berthomier en Galerie Tourette.

Tótems Aurora de Alexis Martial y Adrien Caillaudaud para Amca/Oval, cofre de época, en la Galerie Gabrielle Laroche y uno de los tapices de la colección del dueño, que va del XV al XIX.

Un castillo abandonado y un reto por delante
La primera vez que la arquitecta e interiorista Katja Pargger fue a visitar la finca junto a su nuevo dueño, sintió una mezcla de fascinación y extrañeza. Podía ver el encanto, claro, pero a la vez estaba totalmente abandonada. Y lo que llamaban castillo no se parecía a la idea que una tendría de castillo. Era una versión más sobria, típica de la arquitectura de la región en la era de Napoleón III, con fachadas enlucidas con cal, muros de ladrillo hecho a mano y tejados de terracota. 
El propietario buscaba un lugar al que retirarse en busca de calma y soledad, pero donde poder también interrumpir su retiro para hacer de anfitrión e invitar a familia, amigos. Un lugar donde preservar ese espíritu social de la región. 

En un comedor, sillón de Studio Outte y, en el suelo, escultura de Guillaume Campredon en L’Oeil de Ko. 

En esta misma estancia, silla estilo Bauhaus inspirada en Frank Lloyd Wright y cuadro de Robert Elfgen en la pared. Aquí, la modernidad entra en un castillo del XIX. 

Los oficios ayudaron a reconstruir su historia
Katja, arquitecta austríaca basada en París, se propuso convertir aquello en un lugar que contase una historia a futuras generaciones, donde el pasado estuviese presente sin asomo de pastiche. “No me gusta cuando te encuentras con un proyecto y dices: vacíalo, tíralo todo y empieza de cero. Prefiero pensar en los espacios de la misma manera que en los seres humanos: hubo algo antes de ti y habrá algo después. Así que integramos elementos del pasado, del presente, y anticipamos el futuro”, cuenta a MANERA. 
Para conseguirlo, empezó por el contexto. Vio Las reglas del juego y se imaginó cómo sería un fin de semana en ese castillo cien años atrás. Incluso recreó uno de los suelos en el vestíbulo, en damero. Buscó artesanos locales, materiales de la región. Encontró una empresa que aún fabricaba a mano tejas y azulejos. También a un carpintero que tenía robles antiguos de la propia finca, que volvieron en forma de muebles y revestimientos a su lugar de origen. Devolvió a la finca su historia y la continuó. 

Un carpintero de la zona conservaba robles antiguos de la finca, que volvieron en forma de muebles y carpinterías como la puerta de la sala de estar. Tresillo de Kazuhide Takahama y kilim, en Galerie Triff. 

En el dormitorio, otro tapiz de la colección del dueño convive con las lámparas de mesa de Katja Pargger, un puf de Studio Ebur y, sobre la mesita del primer plano, candelabro con forma de sapo de bronce de Eloise van der Heyden, en L’Oeil de Ko.

El castillo volvió a recibir a sus huéspedes
Hubo que hacer cambios, claro. Con tremendas dimensiones, hubo que pensar en el proyecto casi como si fuese un hotel. “La distribución del castillo y las dependencias no estaba pensada para recibir. Era un lugar más bien introvertido”, cuenta Katja. Empezaron por la planta principal del castillo, donde abrieron un vestíbulo y una gran cocina. En esa misma planta construyeron, a ambos lados de la estructura original, dos invernaderos de hierro forjado donde ahora están el salón y el comedor. “Queríamos mantener y reforzar el vínculo con la naturaleza sin abandonar la protección de la casa frente a un clima que puede ser bastante adverso”, detalla. 
La primera planta es solo para el propietario: una suite con un bonito dormitorio, un cuarto de baño, un salón y un vestidor. Arriba están el resto de habitaciones, un total de nueve, cada una con su cuarto de baño. Historia, sí. Comodidad, también.

Sillas y mesa de estilo Art Decó y, en la pared, pintura de Pedro Zamora, en Tourette.

En la pared del baño, hecho en roble, cabeza de mascarón en Galerie Antoine Rauffet.

Lo palaciego y la Bauhaus se encuentran de algún modo
Katja estudió arquitectura en Austria, en Tirol, y su educación de corte Bauhaus se percibe hasta en este proyecto que poco tiene que ver con la escuela de la función antes que la forma. Quizás la estética del resultado se aleje porque aquí forma hay mucha, pero la filosofía está presente: arquitectura, mobiliario y objetos se tratan como un todo, y por eso hay armonía dentro del eclecticismo. 
Los interiores se sienten a la vez palaciegos, monásticos y con un toque alpino. A ello contribuyen la convivencia de la colección de tapices del dueño de los siglos XV al XIX con piezas de mobiliario que encontraron en el castillo y restauraron, y otras contemporáneas. Una selección que nace de un ojo crítico que observa y que entiende, que quiere que otros observen y entiendan, que quiere que los espacios cuenten algo.

Uno de los baños, con marcos antiguos y busto de plexiglás sobre la bañera, ambos en el rastro de Paul Bert.

A la izda., detalle del suelo del baño, con pequeños azulejos en mosaico.

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