Efectos de las cosquillas: por qué reímos y qué pasa en el cuerpo

Las cosquillas son de esas cosas del día a día que todos hemos vivido mil veces y, aun así, siguen siendo un auténtico misterio. Nos hacen reír a carcajadas, retorcernos, pedir que paren y, al mismo tiempo, suplicar que sigan. Detrás de esa aparente tontería hay mecanismos cerebrales muy finos, emociones intensas e incluso códigos sociales que llevamos arrastrando desde hace millones de años.
Si te has preguntado alguna vez por qué hay zonas del cuerpo que son súper sensibles a las cosquillas, por qué depende tanto de tu estado de ánimo o por qué es imposible hacérselas a uno mismo, la ciencia tiene bastantes pistas. Hoy sabemos que en el cerebro se activan circuitos muy concretos, que participan el sistema somatosensorial, el hipotálamo y el sistema límbico, y que esa mezcla de tacto, anticipación, juego, miedo y placer es lo que termina dibujando la sonrisa (o la carcajada) en la cara.
Qué son exactamente las cosquillas y por qué nos hacen reír
Cuando hablamos de cosquillas, en realidad nos referimos a una experiencia sensorial bastante compleja que combina estímulos táctiles en la piel, sensaciones en los músculos y una potente respuesta emocional. No es simplemente que alguien nos toque: es un tipo de contacto específico, en zonas muy concretas del cuerpo y dentro de un contexto social determinado (juego, confianza, cercanía…).
La médica clínica y especialista en endocrinología María Alejandra Rodríguez Zía explica que, cuando alguien nos hace cosquillas, llegan al cerebro distintas señales a través de los nervios sensoriales. Primero se registran las aferencias del tacto en la piel y, después, se añaden las sensaciones a nivel muscular. Esa información es procesada por la corteza cerebral, que a su vez envía señales a regiones profundas como el hipotálamo, el hipocampo y el sistema límbico, claves en la regulación de las emociones, el miedo, el placer y el dolor.
Este cruce de caminos entre lo sensitivo y lo emocional genera una respuesta integrada: el cuerpo interpreta la presión sobre la piel y los músculos como algo ambiguo, entre amenaza y juego, y de esa interacción surgen reacciones típicas como la risa, la expresión facial de alegría, los movimientos de evasión o los chillidos. Por eso, aunque la risa parezca automática, no es un simple reflejo, sino el resultado de una compleja red de conexiones neuronales.
Ya Aristóteles reflexionó sobre las cosquillas hace más de dos mil años y Charles Darwin se preguntó por qué provocan risa y qué papel juegan en nuestra especie. Hoy, a pesar de la neurociencia moderna, los investigadores siguen planteando preguntas como: por qué la sensibilidad cambia según el estado de ánimo, por qué solo ciertas zonas del cuerpo reaccionan, por qué no podemos hacernos cosquillas a nosotros mismos o cómo se diferencia esta risa de la que produce el humor.

Dos tipos de cosquillas: knismesis y gargalesis
A finales del siglo XIX, varios investigadores comenzaron a distinguir que no todas las cosquillas se sienten igual. A partir de ahí se definieron dos grandes categorías: knismesis y gargalesis. Aunque el nombre suene rarísimo, la experiencia es muy familiar para cualquiera.
La knismesis corresponde a esas cosquillas suaves y ligeras, como las que provoca una pluma al rozar la piel, un insecto caminando por el brazo o un cabello que cae sobre el cuello. La sensación se parece más a un picor, puede resultar molesta o desagradable, y rara vez provoca risa. Suele activar conductas de defensa suaves, como sacudir la zona, apartar la mano o rascarse.
La gargalesis, en cambio, es la que asociamos con las típicas cosquillas intensas que nos hacen reír a carcajadas cuando alguien nos toca con insistencia en determinadas partes del cuerpo: plantas de los pies, axilas, cuello, costados, barbilla… Esta variante genera una mezcla de risa, incomodidad, placer y ligera sensación de pérdida de control, y suele desencadenar movimientos bruscos para escapar.
Varios estudios apuntan a que, en general, percibimos una u otra modalidad de cosquilla, pero no ambas al mismo tiempo. Se cree que esto ocurre porque los receptores sensoriales de la piel y las vías nerviosas implicadas son diferentes en cada caso. La knismesis activaría más bien receptores relacionados con el picor y la detección de pequeños estímulos, mientras que la gargalesis involucraría receptores de presión y de movimiento más intensos, además de una mayor participación de zonas cerebrales vinculadas a la emoción y al juego.
Las cosquillas como comportamiento social: juego, dominio y sumisión
Las cosquillas intensas de tipo gargalesis no se limitan a una simple cuestión de tacto. Cada vez hay más pruebas de que la risa generada por este tipo de cosquillas tiene un fuerte componente de comportamiento social, especialmente visible en las interacciones madre-hijo, entre hermanos, entre amigos cercanos o como parte del juego sexual en adultos.
En estas situaciones, hacer cosquillas suele utilizarse como un modo de acercamiento físico, de generar confianza y de reforzar vínculos. Con los niños, por ejemplo, se convierte en un ritual compartido: persecuciones, risas, abrazos y una especie de negociación continua entre “para, para” y “otra vez, otra vez”. Todo esto ayuda a consolidar la relación afectiva, mejorar el contacto corporal positivo y aprender códigos de juego y límites.
Pero las cosquillas también tienen una cara menos inocente. Diversos autores han señalado que, en muchas ocasiones, implican dinámicas de dominación y sumisión. Quien hace las cosquillas suele controlar la situación, decide cuándo empieza y cuándo termina, mientras que la persona que las recibe se ve forzada a reaccionar, a menudo con risa, incluso cuando ya no le apetece seguir jugando.
Esto explica por qué la risa que provocan las cosquillas no siempre refleja un disfrute real en ese momento concreto. Depende mucho del contexto: no es lo mismo un juego cómplice con alguien de confianza que una situación en la que la persona se siente forzada o incómoda. El estado de ánimo, el grado de confianza con quien nos toca y la sensación de control marcan la diferencia entre una experiencia divertida y otra desagradable.
Desde un punto de vista antropológico, algunos especialistas sugieren que las cosquillas podrían haber evolucionado como una estrategia de empatía y desactivación de conflictos. De forma parecida a cómo un camaleón cambia de color para reducir el riesgo de agresión, el juego de cosquillas permitiría transformar una situación potencialmente tensa en un intercambio lúdico, suavizando rivalidades y facilitando la conexión con el otro.
Qué pasa en el cerebro cuando sentimos cosquillas
Para entender mejor qué ocurre en el cerebro durante las cosquillas, es muy útil mirar a otros animales. Un equipo de neurocientíficos de la Universidad Humboldt de Berlín estudió detalladamente la reacción de las ratas cuando se les hace cosquillas en la barriga y en las patas. Los resultados muestran que estos animales emiten vocalizaciones agudas en forma de ultrasonidos, que serían el equivalente a nuestra risa de alta frecuencia.
Tras recibir las cosquillas, las ratas dan pequeños saltos de alegría, un comportamiento que se ha descrito en varias especies de mamíferos, incluida la humana, y que se asocia a estados de juego intenso. Lo llamativo es que, cuando aparece de nuevo la mano del experimentador, los animales se acercan rápidamente a ella, como si buscaran repetir esa experiencia placentera ligada a las cosquillas.
Mientras observaban ese comportamiento, los investigadores monitorizaron la actividad cerebral de las ratas. Vieron que, cuando se les hace cosquillas, se activan grupos de neuronas en el córtex somatosensorial, la principal región de la corteza encargada de integrar estímulos táctiles de la piel y de los músculos. Hasta aquí, todo encaja con lo esperado: si hay contacto físico, se activa la zona que procesa el tacto.

Lo sorprendente vino cuando comprobaron que estas mismas neuronas se activan también cuando la rata juega a perseguir la mano del investigador, incluso sin que medie un estímulo táctil tan intenso como durante las cosquillas. Es decir, el patrón neuronal típico de las cosquillas se enciende igualmente en situaciones de juego social, lo que refuerza la idea de que forman parte de un repertorio de interacción lúdica muy antiguo en los mamíferos.
Por el contrario, cuando los animales se colocaban en situaciones de estrés —por ejemplo, sobre una plataforma elevada o bajo una iluminación intensa—, las neuronas de las cosquillas dejaban de activarse. En esos contextos de ansiedad, las ratas ya no emitían sus vocalizaciones “de risa” ni reaccionaban igual cuando se les tocaba la barriga. Algo muy parecido nos ocurre a las personas: cuando estamos tensos o con miedo, las cosquillas prácticamente desaparecen.
Estas observaciones muestran que el córtex somatosensorial no se limita a registrar estímulos táctiles, sino que integra también información sobre el estado emocional, como la ansiedad o la sensación de seguridad. Como ya señaló Darwin, la mente necesita encontrarse en un “estado placentero” para que las cosquillas provoquen risa. Y, a la inversa, la risa y el contacto físico asociados a las cosquillas pueden modular nuestro estado emocional, proporcionando consuelo, refuerzo y sensación de cercanía, algo que enlaza con el efecto reconfortante de caricias y abrazos.
Animales cosquillosos: ratas, perros, primates… pero no todos
Las ratas no son las únicas que reaccionan a estímulos parecidos a las cosquillas. Se han descrito comportamientos similares en perros, distintos primates —como muestran las características del chimpancé— y otras especies de mamíferos. En algunos casos, se observan vocalizaciones asociadas al juego, movimientos de huida “teatrales” y búsqueda de contacto posterior, muy parecidos a lo que vemos en los humanos.
Sin embargo, no todos los mamíferos parecen ser cosquillosos. El propio Michael Brecht, uno de los investigadores de la Universidad Humboldt, comenta que, para su sorpresa, no lograron provocar cosquillas en ratones con los mismos procedimientos que funcionaban en ratas. Esto sugiere que la capacidad de experimentar cosquillas (y de vincularlas al juego social) podría haber evolucionado de manera específica en ciertas especies.
Brecht plantea que las cosquillas pueden estar muy relacionadas con las conductas de juego. El hecho de que las mismas neuronas del córtex somatosensorial se activaran tanto durante las cosquillas como cuando las ratas perseguían la mano de la persona sugiere que el cerebro podría utilizar la sensación de cosquillas como un “truco” para hacer que la interacción social sea particularmente gratificante.
En este sentido, la sensación de cosquillas podría funcionar como una recompensa integrada en el juego físico, algo que favorece que los animales —y las personas— busquen ese tipo de interacción, fortalezcan vínculos, practiquen habilidades motoras y aprendan a regular fuerzas y límites en un entorno seguro.
Por qué no podemos hacernos cosquillas a nosotros mismos
Una de las preguntas más curiosas sobre este tema es por qué resulta prácticamente imposible provocarse cosquillas de verdad a uno mismo. Sabemos que, cuando intentamos tocarnos las plantas de los pies, las axilas u otras zonas sensibles, la sensación es mucho más débil y rara vez provoca la risa descontrolada que aparece cuando otra persona nos hace cosquillas sin que podamos predecir del todo el movimiento.
La explicación está en cómo funciona el sistema somatosensorial, el conjunto de receptores, nervios y zonas cerebrales encargadas de recoger y procesar la información táctil. Cada vez que generamos nosotros mismos una acción motora (por ejemplo, mover la mano para tocarnos el costado), el cerebro utiliza mecanismos de predicción: anticipa las consecuencias sensoriales de ese gesto y las descuenta, en parte, de la señal final.
En otras palabras, cuando el estímulo es autogenerado, el sistema somatosensorial lo percibe como menos intenso y menos amenazador que si procede del exterior. Esta diferencia de capacidad predictiva es clave: nuestro cerebro sabe con bastante precisión qué va a ocurrir cuando nosotros mismos iniciamos el movimiento, mientras que no puede anticipar con tanto detalle la velocidad, la fuerza o la trayectoria de la mano de otra persona.
Eso hace que el estímulo táctil propio se filtre, reduciendo su impacto y, por tanto, disminuyendo la probabilidad de que active los circuitos neuronales específicos de las cosquillas intensas. Este fenómeno se observa tanto en las cosquillas ligeras (knismesis) como en las intensas (gargalesis), pero es especialmente llamativo en estas últimas, que necesitan de un elemento de imprevisibilidad y de ligera incertidumbre para disparar la risa.
En términos más generales, se ha propuesto que cuando nos tocamos se activa en el cerebro un mecanismo de inhibición y supresión de la vocalización. Esto explicaría por qué, si intentamos hacernos cosquillas a la vez que otra persona nos las está haciendo, la sensación disminuye y la risa se retrasa o incluso desaparece. Es como si el sistema nervioso utilizara una especie de “freno interno” para evitar que cualquier contacto propio se convierta en una fuente de estímulos excesivos.
Cómo se han medido las cosquillas en humanos
Estudiar científicamente algo tan aparentemente subjetivo como las cosquillas no es sencillo. Aun así, se han hecho experimentos bastante ingeniosos. En un estudio reciente, participaron doce adultos jóvenes (ocho mujeres y cuatro hombres), con una media de edad de unos 30 años, organizados en parejas dentro de un mismo círculo social, para garantizar familiaridad y reducir la incomodidad.
Cada participante asumía, en distintos momentos, el papel de quien hacía las cosquillas o de quien las recibía, eligiendo zonas y ritmo de forma relativamente natural. Los investigadores no solo se fijaron en la experiencia subjetiva (qué intensidad de cosquillas sentía cada persona), sino que registraron medidas acústicas, visuales y fisiológicas para cuantificar la respuesta.
Entre otras cosas, analizaron los cambios en la circunferencia torácica (ligados a la respiración y a la risa), las expresiones faciales y las vocalizaciones. Observaron que los cambios fisiológicos y de expresión aparecían aproximadamente 0,3 segundos después del estímulo táctil, mientras que la vocalización (la risa audible) surgía unos 0,2 segundos más tarde. Este desfase ayuda a entender cómo se encadenan las distintas etapas de la respuesta a las cosquillas.
Los investigadores también vieron que la duración de la risa y las características acústicas (frecuencia, intensidad, ritmo) estaban estrechamente correlacionadas con la intensidad subjetiva de cosquillas: cuanta más sensación reportaba la persona, más prolongada y marcada era la risa. Esto respalda la idea de que, aunque haya una parte cultural y personal, la respuesta a las cosquillas tiene una base fisiológica bastante clara.
En una segunda parte del experimento, se pidió a los participantes que realizaran el gesto de hacerse cosquillas a sí mismos al mismo tiempo que el compañero se las hacía. En estas condiciones, se comprobó que la sensación disminuía y que la vocalización se retrasaba de forma significativa, sobre todo cuando la autoestimulación era real (no solo un gesto en el aire). Este resultado encaja con la hipótesis de la inhibición central de los estímulos autogenerados, mostrando cómo nuestro cerebro ajusta constantemente el volumen de lo que sentimos según el origen del contacto.
Todo este tipo de trabajos ponen de manifiesto que la risa provocada por las cosquillas no es un mero capricho del cuerpo, sino una respuesta compleja en la que intervienen reflejos, expectativas, contexto social y control voluntario. El cuerpo se mueve, la cara cambia, la respiración se altera y la voz se desata en cuestión de décimas de segundo.
Si miramos todo este rompecabezas junto —la activación del córtex somatosensorial, el papel del sistema límbico y del hipotálamo, la importancia del juego, la inhibición de los estímulos propios y la dependencia del estado emocional—, las cosquillas dejan de ser un simple pasatiempo y se convierten en una ventana privilegiada a cómo nuestro cerebro mezcla tacto, emoción y relación con los demás. No solo explican por qué reímos cuando alguien nos ataca las plantas de los pies, sino también cómo el contacto físico moldea nuestros vínculos, ayuda a regular la ansiedad y refuerza la sensación de pertenencia a un grupo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Verificado por MonsterInsights