Dejad antes de nada que os confiese una filia viajera: me interesa más el hotel que el destino. Planeo el itinerario alrededor del hospedaje y no al contrario. Supongo que no es casualidad que escriba donde escribo y no en una revista de viajes. No os juzgo si me juzgáis, pero dejad que me defienda afirmando que, si un hotel está bien pensado, te hablará: te contará la historia del lugar que visitas, te dará a probar la mejor versión de su gastronomía, te planteará un viaje, será destino.
El hotel Palacio de Godoy, que ha abierto sus puertas recientemente en el corazón de la Ciudad Vieja de Cáceres como parte del sello Curio Collection by Hilton, es uno de esos. Está en un palacio del siglo XVI, el que Francisco de Godoy mandó construir a su vuelta de Perú, y es ese regreso, el encuentro entre ambas culturas, lo que ha inspirado a Fernando Palazuelo, promotor del proyecto, y al interiorista Szymon Keller a la hora de diseñar el hotel. “Queríamos que se sintiese, más que un hotel, una casa”, comienza Szymon. “Lo que podría haber sido la casa de Francisco de Godoy si en lugar de haber regresado de Perú en el siglo XVI, hubiese vuelto hoy”, apunta Fernando.
El claustro del palacio reconvertido en lounge y escenario de exposiciones de arte contemporáneo y de artesanía peruana, como las lámparas rojas de mimbre.
En el salón, lámparas cónicas diseñadas por Szymon Keller y ejecutadas por Tao Lighting. En la estantería al fondo, colección de libros de arte y piezas de Terracota Mérida. Sobre la mesita, lámpara de barro hecha a mano. Al frente, escultura de Thierry Job.
El encuentro entre dos mundos forjado por artesanos
El peregrinaje arquitectónico comienza desde la entrada en la Plaza de Santiago, cuya iglesia medieval es casi parte del hotel: se ve desde las habitaciones, desde la azotea. Atraviesas el zaguán del palacio renacentista y te recibe el claustro, de una sobriedad que contrasta con el colorido de los sofás. Aquí ya intuimos la esencia del proyecto. Dos mundos se encuentran en un diálogo entre piedra, madera, textiles y una paleta cromática en terracotas y ocres.
En el bar, bancada a medida en madera de fresno ejecutada por Julián Arias, mesas Godoy diseñadas por Szymon Keller y lámparas de latón fabricadas por Tao Lighting. En la pared, cuadro de Montse Clausells.
La barra trasera de madera, elaborada con detalles que recuerdan a un templo, exhibe botellas de cristal vintage como si fueran objetos preciosos.
En la parte antigua, la arquitectura del palacio original marcó la distribución. “No podíamos tocar los muros del palacio. Cada espacio era diferente y tuvimos que adaptarnos a ello y potenciarlo”, explica Keller. Aquí están las ocho suites y las zonas comunes: la biblioteca, el bar y el claustro. A las habitaciones se entra como a un santuario: poco a poco, acostumbrando la vista. Un paso de piedra en la sombra que lleva a la luz que se cuela por la ventana y al color, la cerámica, la geometría.
El cabecero de azulejos recoge abstracciones geométricas de formas naturales pintadas por Marta Morfismo. Esta suite es una de las más especiales por su balcón esquinero. Es la que solía ocupar Francisco de Godoy.
Bañera en piedra de Cáceres y butaca Godoy Pata de Elefante, diseñada por Szymon Keller y ejecutada por la firma polaca Vintola Studio.
Los cabeceros son piezas de arte, muestra del núcleo de este proyecto: la artesanía. “Canteros, metalistas y ceramistas de Extremadura trabajaron codo con codo con artesanos textiles y pintores peruanos”, cuenta Szymon. Las 73 habitaciones restantes, el gimnasio y el restaurante Mamay Aldana se construyeron desde cero en un edificio anexo manteniendo el mismo espíritu que en la zona antigua. “Trabajamos una contraposición de arquitectura sobria e interiorismo fuerte”, explica.
Los pasos de piedra sirven de transición entre la sobriedad y el color.
Cabeceros de Anima Official pintados por la comunidad Iskonawa de Perú.
Un hotel que participa en la vida de la ciudad
En Palacio de Godoy no solo es huésped quien viene de fuera, también quien vive a apenas unos pasos y visita una de las exposiciones temporales de arte contemporáneo que alojan en el claustro, o prueba su gastronomía alejada del cliché, rodeado de paredes que se construyeron hace cinco siglos. Un paseo por sus zonas comunes invita a ir descubriendo sus capas: la artesanía, la madera tallada, la colección de arte de la familia de Fernando. Es un hotel que se sabe con suerte, heredero de la historia, y busca devolver esa fortuna a todo el que cruza sus puertas. Busca decirle: siéntate, relájate, voy a contarte una historia.
En la sala de exposiciones, escultura de Thierry Job y sombreros de Montehermoso de María José González Roncero, la última artesana que conserva este patrimonio.
Los muebles a medida, hechos por artesanos locales, conectan a los comensales con la historia del lugar.
La entrada Así es dormir en un palacio del XVI en Cáceres donde Szymon Keller trae al presente la estética cortesana se publicó primero en MANERA Magazine.
